Hay hombres, que enmarcan en si la esencia de toda una época, que se echan sobre la espalda, las asocias de un pueblo o de muchos pueblos, que emprenden luchas titánicas, como la brújula de su vida, en un perenne desafió, es como si alguien se empeñara en desviar, el curso del Amazona para regar un desierto de pobreza y al final en ese desierto, haya florecido la esperanza y luego de que florezca, la lucha continua para que de fruto, y luego para esparcir las semilla de los frutos, esa es para mi la lucha de Fidel, el hombre que hizo de lo imposible, lo posible, de lo casual lo cotidiano.
Un desafió continuo a la muerte, para hacer florecer la vida, una obra diseminada por un pueblo, por un continente, por un mundo, que mira consternado la partida del hombre más grande del siglo XX, muy pocos estadistas y paladines de la historia de la humanidad pudieron forjar por tanto tiempo la obra a la cual dedicaron su vida, llevar por mares tempestuosos, su navío hasta llevarlo a un puerto seguro de salvación.
No lo despedimos, solo lo vemos diseminarse, en las multitudes, en las esperanzas, en los que piden pan y no se conforman solo con tender la mano, si no que se ponen de pie para exigirlo, los que no tienen derechos y con los puños apretados ponen el pecho, con los que en bloque apretado se oponen al gigante de las siete leguas, que ahora, canta, cantos de sirena para hacernos perder el rumbo, en la fuerza de este pueblo que dice ¡Fidel!






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