
El poeta de mi niñez, el de los versos desesperados, fatídicos, pero con una gran musicalidad, muy apegado a lo popular , a lo criollo, ni negro, ni blanco solo cubano.
Nace el 18 de marzo de 1809 en la ciudad de La Habana. Su madre, Concepción Vázquez, era bailarina española natural de Burgos. Su padre, Diego Ferrer Matoso, era peluquero de nacionalidad cubana y raza negra. De unos días de nacido, la madre dejó a Plácido en la Casa Cuna o Real Casa de Beneficencia y Maternidad de La Habana. El apellido “Valdés” le fue dado, al igual que a todos los otros niños allí bautizados, en honor al Obispo Valdés, fundador de la Casa Cuna. El nombre Gabriel de la Concepción, Concepción de la madre, se dice que estaba escrito en una nota que acompañaba al niño al ser dejado en la Casa Cuna.
Su padre lo adoptó y mantuvo hasta que tenía unos diez años, más tarde lo dio a criar a la abuela paterna. Existen diferentes percepciones con respecto al acto de la madre hacia el niño. Hay quienes estiman que le abandonó debido a los rigores de su trabajo. Otros piensan, lo cual tiene considerable peso, que no lo abandonó, sólo lo dejó en la Casa de Beneficencia para que el padre lo pudiera adoptar legalmente y criar en un ambiente mucho más familiar de lo que ella podía proveer.
Creció en la pobreza, con todos los perjuicios de ser mulato en una colonia donde existía la esclavitud. Acudió a algunos colegios durante su niñez, aunque no fue una educación continua o estable. Después de su padre partir hacia México, de donde no regresó, ingresó como estudiante en el taller de Vicente Escobar aprendiendo allí dibujo y caligrafía. Dos años más tarde, en 1823, comenzó a trabajar como aprendiz de tipógrafo en la imprenta de José Severino Boloñá.
Ya sus dotes de poetas se habían dado a ver, mas fue en la imprenta, donde expuesto a la poesía, surge la inspiración que le acompañaría hasta su muerte. Pero había que comer y tuvo que dejar la imprenta para dedicarse a labrar peinetas de carey, trabajo más lucrativo en aquellos tiempos.
Su niñez transcurrió en La Habana. Se trasladó a la ciudad de Matanzas en 1826 donde trabajó haciendo peinetas de carey. El resto de su vida lo desarrolló en temporadas entre estas dos ciudades. Al menos en una ocasión trató de establecerse en la provincia de Las Villas, pero tuvo que regresar a Matanzas.
En una de sus temporadas en Matanzas, fue visitado por Heredia. Hecho de por sí que descalifica toda la publicidad negativa de algunos críticos. Se rumora que Heredia lo invitó a irse con él a México. Lo cierto es que el gran poeta fue a ver a Plácido específicamente y lo trató como poeta y cubano igual a él.
Fue serio en sus relaciones amorosas. Por desgracia de la vida no llegó a casarse con Rafaela, apodada “Fe”, al morir ella durante el noviazgo. Pocos años después, en 1836, contrajo matrimonio con Celia, no durando mucho estos vínculos. En 1842 volvió a casarse, con María Gil Ramona Morales.
Gabriel de la Concepción Valdés, o “Plácido” (seudónimo con el cual firmó su obra), tal vez haya sido el poeta de mayor aceptación popular entre los escritores cubanos del Siglo XIX. Versificador espontáneo como pocos antes o después, algunos críticos lo consideran entre los iniciadores del criollismo y también del siboneyismo en la lírica cubana. Normalmente se le incluye entre los románticos cubanos, donde corresponde de acuerdo al período, pero gran parte de la obra de Plácido es mucho más alegre, sin dejar de ser fina, y carente del exceso romántico.
Plácido escribió muchos poemas de carácter popular y para las fiestas familiares también fueron muchas las improvisaciones que redactó. Algunos críticos han caracterizado estas obras como vulgares, cuando en realidad exponían la vida cotidiana de aquellos años en Cuba como sólo los criollos lograron hacerlo.
Otros aun reclaman que no debe ser incluido en la literatura afrocubana ya que su obra es muy refinada, semejándose demasiado a la de los blancos. Irónico que su obra también haya sido juzgada con el mismo perjuicio que fue su piel. Eso es lo que quería decir ser mulato en la isla durante los años de Gabriel de la Concepción Valdés: no ser aceptado ni por los de la raza blanca, ni por los de la casta negra.
Es cierto que las poesías de Plácido no tienen la perfección ni la profundidad ideológica de Heredia o Milanés. Sin embargo, la versificación es tan natural que algunos de sus poemas eran escuchados cien años más tarde en las calles de La Habana, repetidos de memoria en muchos casos sin saber el declamador quien era el autor. En el siglo XIX Plácido fue el poeta de mayor aceptación y divulgación en Cuba, y en la literatura cubana uno de los de mayor sensibilidad.
Desde el comienzo de la década de 1840, el ambiente cubano estaba revuelto y Gabriel de la Concepción Valdés sufrió cierta persecución, llegando a estar preso al menos en una circunstancia.
El 28 de junio de 1844 fue fusilado en Matanzas bajo la acusación de ser uno de los integrantes en la Conspiración de la Escalera.
Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) fue una de las víctimas de la Conspiración de la Escalera, uno de los más siniestros procesos implementados por las autoridades coloniales españolas para purgar mediante el crimen, el destierro y el amedrentamiento no solo las ideas abolicionistas sino el más mínimo disenso contra el poder. Pero antes y después padeció otros atentados. En vida sufrió marginación y desprecio. Tras su muerte, escarnio y subestimación.
Conspiración de la Escalera (1844). Denominación de lo que, en lugar de una vasta conspiración de esclavos, fue una confabulación de la oligarquía negrera criolla con las autoridades coloniales españolas, destinada a neutralizar a los criollos blancos abolicionistas, liquidar la influencia económica y social que comenzaban a alcanzar negros y mestizos libres y escarmentar a los esclavos, cuya rebeldía había alcanzado su clímax en 1843.
En la década de 1840, el sentimiento de rebeldía de los esclavos, azuzado por la gestión del cónsul británico, David Turnbull y su secretario Ross Cocking, estalló en una serie de sublevaciones —principalmente en La Habana y Matanzas—, que aunque inconexas entre sí, dieron pábulo a que el miedo de los amos viera en ellas la manifestación primaria de una gran insurrección que debía iniciarse en la Navidad de 1843, destinada a repetir en Cuba la Revolución haitiana. El 20 de noviembre de 1842, el acaudalado criollo Domingo del Monte confió por escrito sus temores y previsiones a su amigo Alejandro Everett, radicado en Boston. Everett pasó la información a Daniel Webster, secretario de Estado de los Estados Unidos, y este al embajador español en Washington, a los representantes norteamericanos en Madrid y Londres y al cónsul estadounidense en La Habana, junto con el ofrecimiento del apoyo de dos fragatas norteamericanas para ayudar a sofocar la pretendida rebelión, en caso de ser necesario.
El capitán general, Jerónimo Valdés, consideró el informe inverosímil y atribuyó su origen a negreros interesados en impedir la supresión de la trata y la manumisión de los esclavos introducidos después de 1820. Los hechos posteriores se encargaron de desmentir el infundió, aunque no de disipar los temores de los esclavistas, quienes repitieron la mendaz denuncia ante el nuevo capitán general, Leopoldo O’Donnell. Ello bastó para que el leopardo de Lucena desatara una feroz campaña de detenciones y torturas a través de las cuales logró inverosímiles confesiones que inculparon, entre otros, a José de la Luz y Caballero —a la sazón sometido a tratamiento médico en París—, Félix Tanco, los hermanos Guiteras, Manuel Castro Palomino, Benigno Gener, al propio Domingo del Monte y a decenas de criollos blancos, así como a negros y mestizos libres —casi todos económicamente solventes—, y a centenares de esclavos.
El nombre de la nunca probada conspiración se debió a las escaleras donde los esclavos, reos por convicción, eran atados para ser azotados hasta arrancarles la confesión o la vida. Entre las más conspicuas víctimas de este desenfrenado baño de sangre figuraron el poeta matancero Gabriel de la Concepción Valdés, (Plácido); el dentista Andrés José Dodge; Santiago Pimienta, propietario; José M. Román, músico; el pintor y teniente de milicias Jorge López, todos mestizos y, salvo el poeta, de reconocida solvencia económica.
El saldo de la represión fue terrible: la milicia de color fue desarmada, todo hombre de color libre nacido extranjero recibió 15 días para abandonar el país; la sección de la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente de Matanzas encausó a 3 076 personas, el 97% de las cuales eran libres o esclavos de color, pero solo el 10% de ellas pertenecían a las plantaciones. Las bestiales torturas elevaron a más de 300 la cifra de negros y mulatos muertos durante la sustentación de los procesos.
Fueron ejecutados 78 reos, 400 desterrados y unos 600 condenados a largas penas de prisión, entre ellos, 20 blancos, a pesar de lo cual jamás fue encontrado un plan, una proclama, una lista de complotados, un manifiesto o una bandera que probara la existencia de la conspiración.
Poema de Plácido: “A la Fatalidad”
Negra deidad que sin clemencia alguna De espinas al nacer me circuiste,
Cual fuente clara cuya margen viste
Maguey silvestre y punzadora tuna;
Entre el materno tálamo y la cuna
El férreo muro del honor pusiste;
Y acaso hasta las nubes me subiste,
Por verme descender desde la luna.
Sal de los antros del averno oscuros,
Sigue oprimiendo mi existir cuitado,
Que si sucumbo a tus decretos duros,
Diré como el ejército cruzado
Exclamó al divisar los rojos muros
De la santa Salem. . . “¡Dios lo ha mandado!”





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