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El PAGANINI NEGRO

Brindis-de-Salas1

Con la magia de la música en su cuerpo y la conciencia profunda de ser un hombre negro.Fallece el 2 de Junio de 1911, el famoso violinista negro cubano Claudio Brindis de Salas. Conocido como””el rey de las octavas “”, Brindis de Salas posee una brillante carrera artística, que lo lleva a selectos escenarios del mundo. Tras obtener un Primer Premio en el Conservatorio de París, realiza una gira triunfal por ciudades europeas y recibe numerosas condecoraciones, entre ellas las de Caballero de la Legión de Honor, Barón y Músico de Cámara del Emperador Guillermo Segundo, de Alemania,
Había nacido el 4 de agosto de 1852, en la casa marcada con el número 168 de la habanera calle Águila, poco después de cumplirse los 100 años de haber llegado el primer violín a Cuba.
Inició sus estudios de música con su padre, Claudio Brindis de Salas, los continuó con José Redondo y los completó con el belga José Van der Gutch. En 1863 se presentó por vez primera ante el público habanero en el Liceo de La Habana con José Van der Gutch como pianista acompañante, función en la que también ac¬tuó Ignacio Cervantes; en 1864 realizó una gira con su padre y con su hermano José del Rosario, también violi¬nista, por las ciudades de Matanzas, Cárdenas, Santa Clara,
En la noche memorable del viernes 18 de diciembre de 1863 se producía un concierto singular en el Liceo de La Habana.
Junto al afamado violinista belga, Joseph Vander Gutch, estaba en el escenario el no menos notable pianista y compositor cubano Ignacio Cervantes. Junto a ellos tocaba otro violinista de prestancia insólita que acaparaba la atención del público: un niño negro de 11 años, considerado por muchos como un prodigio en la música, majestuoso con el violín interpretaba como los ángeles negros.
El programa incluía temas como “Aire variado”, de Beriot; “Fantasía”, sobre motivos de “El Trovador”, de Alard, y “Variaciones sobre un tema del maestro Rodolfo”, compuesta por el jovencísimo intérprete, quien a los ocho años ya había compuesto la danza “La simpatizadora”, estaba dando los primero pasos en un camino que lo llevaría a ser uno de los violinistas más famosos de todos los tiempos.
Con los años se diría de él que tenía un “estilo apasionado, ejecución brillante y hasta diabólica en muchos casos… su mano izquierda ha llegado materialmente a identificarse con el instrumento… posee, además, un tono hermoso, un arco potente y flexible a la vez… y, sobre todo, esto tiene una feliz organización, una imaginación viva y un carácter enérgico”.
En medio de su apogeo era descrito físicamente “alto, varonil, esbelto, garboso”, pero también que “como intérprete era incorrecto, no siempre respetaba la obra. Conocía las debilidades del público. Era efectista”.
Es una etapa caracterizada por el surgimiento de virtuosos intérpretes cubanos del piano y el violín, quienes alternan con los más relevantes músicos de su tiempo.
Junto a los violinistas Rafael Díaz Albertini y José Domingo Bousquet, ganadores de primeros premios en París, Brindis de Salas cultiva la llamada música culta de cámara durante la segunda mitad del siglo diecinueve.
Pero todos coincidían en que era el mejor, incluso para algunos mejor que José White, otro cubano grande del violín y ganador como él —5 años antes— del 1er premio en el Conservatorio de Paris, adonde llegó ya con una técnica depurada y exquisita.
Largo e intenso fue su currículo artístico, durante el cual se ganó entre cierta prensa el sobrenombre de “El Paganini negro”, “El Paganini cubano” o “El Rey de las Octavas”. Fue el primer cubano que actuó en un escenario ruso —San Petersburgo, 1880—; y en la ciudad italiana de Milán un periódico publicaba una nota en la que se afirmaba que “… arranca del violín dulcísimos sonidos, acentos apasionados y aún en las más difíciles variaciones conserva una serenidad, un buen gusto y una pureza de entonación verdaderamente envidiables”.
En Florencia se afirmó que tenía “… un portamento de arco ligerísimo y al mismo tiempo una energía que lleva impreso el ímpetu característico de su raza”. Tuvo el título de Barón de Salas, recibió la condecoración Águila Negra, de un emperador europeo.
Corría el año 1878 y en el recinto de la Sociedad Filarmónica de Santiago de Cuba, un violinista negro, el cubano Claudio José Domingo Brindis de Salas, regalaba uno de sus admirables conciertos. Pero no fue esa la única ocasión en que visitara la oriental ciudad. En 1903 y 1905, en momentos en que sufría de depresión, retornó buscando motivos de inspiración para sus obras.
Brindis de Salas había nacido el 4 de agosto de 1852, en la casa número 168 de la calle Águila, en La Habana. Allí se escuchó su primer llanto y allí, bajo las enseñanzas del padre, comenzó los estudios de violín.

Herencia paterna
En las páginas del pentagrama cubano aparece el nombre de Claudio Brindis de Salas Monte (La Habana, 30 de octubre de 1800-17 de diciembre de 1872). Fue un artista talentoso que tocaba el violín y el contrabajo, además de dirigir una orquesta de bailes.
Este músico ostentaba el grado de teniente del Batallón de Morenos Leales. Sin embargo, en 1844, su vida dio un vuelco al estar implicado en la Conspiración de la Escalera, suceso de la Historia de Cuba que implicaba a personas de raza negra en oposición al sistema colonial impuesto por España.

El “Rey de las Octavas” o el “Paganini Negro” fueron los apelativos otorgados a Claudio José Domingo Brindis de Salas Garrido. Tras sus estudios en el Conservatorio de París, el violinista se hizo célebre mundialmente, pero, desde antes, había conocido el sabor de la fama.

La incursión en la composición musical con tan solo ocho años, y el debut como intérprete a los once, junto al belga José Van der Gutch, en un concierto ofrecido en el Liceo de La Habana, evidenciaron las potencialidades de Claudio José.

México, y luego Francia, conocieron de su entrega. En este último país se presentó al concurso del conservatorio parisino y ganó el primer premio, galardón recibido en 1856 por otro cubano: José White.

Las principales ciudades europeas le entregaron el generoso aplauso que avala el virtuosismo del intérprete, y también le concedieron diversos honores y títulos, entre ellos el de Barón de Salas y la condecoración Águila Negra.

Claudio José se casó con una alemana, matrimonio del cual tuvo dos hijos, no obstante siempre profesó su amor por Cuba. Cuentan que muchas de sus audiciones redundaron en beneficio para la causa cubana, pero su fama fue decayendo.

Nacionalizado alemán ¬—casado con una alemana con la que tuvo dos hijos¬—, sus últimos años en tierra germana los vivió en Kantstrasse número 56, en una enorme mansión, en cuyo primer piso esta instalada una fabrica de pianos de la que era copropietario.
Profesaba gran amor por Cuba y fueron muchas las audiciones que realizó para beneficio de la causa cubana.
Dicen que padecía de frecuentes estados de melancolía y depresión, durante los cuales se encerraba en una habitación. Dicen que “empezó a sentirse negro” y buscaba desesperadamente inspiración en su origen para crear una música auténtica: durante 1903 y 1905 estuvo visitando en Santiago de Cuba una Sociedad Negra que existía en la calle Alta de Sagarra y, aunque continuó haciendo con bastante éxito giras internacionales por el mundo, se notaba su decadencia física y material. Dicen, también, que llevó una vida demasiado desordenada y bohemia.

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