Introducción
Este fue un personaje muy contradictoria que contribuyo a la contaminación de las religiones africanas, con la mezcla de rituales católicos, un mulato que aspiro a ser blanco, que no fue sacerdote católico aunque lo aparentaba, que practico, casi todas las religiones africanas y creo el amasijo que es hoy Kimbiza (El Palo es Mayombe y Briyumba).
Yo soy Tata arriba Nkisi Malongo que jura Kganga arriba intoto . Tata Mundele
Andrés Kimbisa, su báculo y leyenda Fecha: 2011-08-19 Fuente: CUBARTE
Andrés Kimbisa, El caballero de color
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Andrés Facundo Cristo de los Dolores Petit, más conocido entre los suyos como Andrés Kimbisa, también como El caballero de color era, sin lugar a dudas, uno de los individuos más carismáticos, respetados y queridos entre los habitantes de las barriadas de Guanabacoa; Jesús María (los Barracones); San Felipe; La Lejía (del Cristo); el Cangrejo (del Ángel); y Las Llagas (San Francisco), de la Antigua Habana. Quien debido a los perjuicios de la época, entre los personajes populares del segundo tercio del siglo XIX en La Habana, fuera uno de los menos recordados por la historia. (1) p. 45 Entre sus seguidores fue conocido como: el Fundador; El Maestro; además, “El Sayón de Santo Domingo”; o el Isue del Bakokó Efor.
Iniciado en la Regla Palo Monte; terciario de la cristiana Orden Santo Domingo de Guzmán; vidente; célibe; místico y zahorí, fue convertido en figura legendaria, a partir de propiciar la fundación de la institución religiosa, Santo Cristo del Buen Viaje, también conocida como la Regla Kimbisa, primera potencia abakuá que diera cabida a hombres de raza blanca en Cuba, bautizada en 1863 como Bakokó Efor o Regla Kimbisa. (1) p. 48. Y al decir de muchos, fue además, el primer hombre de color que ocupó cargo en el ayuntamiento de La Habana. (2) p.29.
Era Andrés Kimbisa un mulato alto, delgado, de buen porte. Ademanes pulidos, facciones finas, gesto elegante y conversación inteligente. Cuentan que sabía latín y griego, enseñado por los monjes del convento de San Francisco de Asís, donde creció con formación cristiana y al que siempre estuvo vinculado. Habitualmente, se le veía vestido muy limpio, con chaqueta negra y pantalón blanco. Muchos coinciden en afirmar, que era un hombre afable de mirada profunda. Usaba bastón y calzaba sandalias, aunque todos sabían que en sus últimos años, hizo promesa de recoger limosna para los pobres, recorriendo las calles totalmente descalzo mientras mendigaba. (1) p. 48. Se cuenta que su presencia, mirada y palabra contenían tal poder de persuasión, que en la mayoría de los casos no tenía necesidad de utilizar los poderosos conocimientos místicos que poseía, para lograr sus propósitos.
Se cree que El Caballero de Color nació el 27 de noviembre de 1829 y fue bautizado el 3 de enero de 1830 en la parroquia del Santo Cristo del Buen Viaje. Su apellido le llegó de Leonor Petit (una t), quien era oficialmente dueña de su madre, la esclava Juana Mina. Como suele ocurrir con este tipo de personaje, conocedor de la misión para la cual había llegado al mundo, la leyenda está presente desde su nacimiento, pues entre otras cosas se rumoraba, que esta esclava solo era una madre ficticia para esconder el “horrendo pecado” de una mujer blanca, preñada de negro. (1) p. 47. Sobre el padre de Andrés, muy poco se sabe, lo que ha dado origen a muchas especulaciones.
Según afirma Lidia Cabrea en su magnífica obra, La sociedad secreta Abakuá narrada por viejos adeptos (1959), existe un dato en el proceso seguido por las autoridades españolas al señor David Turnbolt, pretendido instigador del histórico proceso iniciado en 1842, conocido como “La Conspiración de la Escalera”, donde aparece enlistado un negro, antiguo esclavo, que aquí se hace pasar por jamaiquino, de apellido Mitchel, cuyo verdadero nombre era José de los Dolores Petit. Por lo que muchos especulan con la posibilidad, que este fuese el padre de nuestro estimado Isué Bakokó Efor, Andrés Facundo. Pero nada se ha confirmado sobre esto.
La sociedad secreta abakuá en Cuba
Se cree, según lo refiere Lidia Cabrera en su mencionada obra, que aposta otra obra por ella referenciada: “Los criminales en Cuba y el Inspector Trujillo” (Barcelona 1882), sin que el labrador de éstas líneas conozca dicha referencia, que la primera corporación de ñánigos, se formó hacia el año 1936, bajo el amparo y protección del Cabildo Apapa Efi, autorizado por los Efor, que tenían ya su residencia fijada con licencia gubernamental, previo al pago de contribución. Fueron entonces los Carabalís Apapas, los primeros fundadores oficiales en Cuba. Pero ya mucho antes de registrarse legalmente, posiblemente con los primeros carabalíes que entraron como esclavos a nuestro país, funcionaban clandestinas las potencias de la mencionada hermandad secreta. Se conoce que por la época de Andrés Petit, en los barrios de intramuros de La Habana, había en pleno funcionamiento más de cuarenta Potencias abakuá.
En sus principios no se aceptaban miembros que no fuesen originarios de las zonas de África donde primaban los carabalíes. Mucho más tarde, comenzaron por aceptarse a los hijos de éstos. Pero los primeros ñáñigos no querían la participación de los criollos, porque tenían la concepción que aquellos, lo deformaban todo y los africanos de origen no deseaban que sus tradiciones, por largo tiempo guardadas, se desvirtuasen y transformasen. De esta manera, pasaron más de 20 años antes que pudiesen jurarse negros criollos. Mucho después, se permitió el acceso de los pardos. Pero no sería hasta la fundación de la Orden creada por Petit, Regla del Santo Cristo del Buen Viaje, que tuviesen cabida los blancos. Aunque nadie piense que fue logrado de un solo golpe y sin sacrificios. Ñáñigos ortodoxos y tradicionalistas se pusieron en su contra, algunos le declararon en traición y no pocos quisieron expulsarle y hasta eliminarlo físicamente por tamaña osadía. Pero desde aquel entonces, hasta nuestros días, decir ñáñigo es decir hombre valeroso, que no conoce el miedo y desprecia el peligro. Así logó su propósito Andrés Petit, con indomable tesón, inteligencia y valentía.
La Regla Kimbisa
Las actividades místicas de la Regla del Santo Cristo del Buen Viaje, y el ideal religioso que perseguía su iniciador, estaban en una línea francamente ecuménica. Petit era un hombre de iglesia, algo muy parecido a un cura, educado por sacerdotes católicos, pero con un punto de vista mucho más liberal, saliéndose de los rígidos marcos del cristianismo, tal como se propugnaba en aquellos tiempos. Esto era notable, cuando hacía ver a los suyos que “todas las religiones eran buenas, y cuantas más se profesaren, mejor será para el mundo” (2) p.35. Sin lugar a dudas, era este un pensamiento muy adelantado para la época que le tocó vivir.
En la Regla Kimbisa, se adoraba a los orishas de la Santería, y a los númenes de los Paleros, de la misma forma que a los santos de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Se cuenta que Petit viajó a Roma, conversó con los obispos, pidió audiencia con el Papa y le fue concedida. Aquí planteó la creación de ésta Orden. Desde entonces fue introducida la cruz entre los elementos de culto para los ñáñigos, que rápidamente también pasó a formar parte de casi todas las creencias afrodescendientes en Cuba. Cuentan que saliendo de la capital italiana, se dirigió al Monte de los Olivos (2) p. 35., cerca de la ciudad santa de Jerusalén, donde El Cristo sufrió martirio y allí cortó la rama de un olivo, simbolizando la misma madera con la que fue construida la cruz donde falleciera el Redentor, para fundamentar la mencionada prenda, con la que muchos aseguran, mandó a hacer aquel famoso bastón del que tanto en su tiempo se hablase.
El báculo mágico
Según el diccionario Aristos; Báculo, es palo o cayado en que se apoyan las personas débiles o ancianas. Pero en este caso no se trata de nada de eso. Para algunos, Petit portaba un báculo o cayado, a la manera de los obispos, que les llega como símbolo de aquel que los pastores de Belén utilizaban para mantener sus ovejas en el rebaño. Para otros, era un bastoncillo corto, como el que usan los Jefes de las Potencias Abakúa (llamado Itón), con las dos puntas encasquilladas en plata. Mientras que el resto de los que recordaron las historias sobre nuestro personaje, lo describieron como un bastón normal de lujo, con exquisitas entalladuras. Era la moda en los tiempos que corrían éstas historias, que los hombres de alto rango tuviesen un bastón que llevaban como símbolo de clase social privilegiada. Se portaba con estilo al caminar y en su momento llegó a ser indicativo de realce y distinción.
En lo que casi todos concuerdan es, como ya se mencionaba, que el aditamento, estaba tallado en madera de olivo, del Monte cercano a la antigua ciudad santa de Jerusalén. Por lo cual, más que una connotación simbólica, era una herramienta que portaba atributos de sacripotencia, con la cual se configuró la leyenda, que el báculo de Petit podía ejercer determinados poderes.
Contado fuera, que iba “el caballero de color” por una calle solitaria de la Habana Vieja y se percató que dos morenos delincuentes de la peor catadura, estaban al asecho de un caballero de bombín y levita para asaltarlo. Andrés fue al encuentro de los malhechores, les conminó a detenerse y les dijo haberse percatado que ellos estaban en disposición de darle muerte a aquel individuo, para robarle la billetera y las prendas. Con aquella mirada suya fija en los ojos, les indicó que no le matasen. Se adelantó a los bravucones, tocó al caballero con su bastón por el hombro y lo dejó paralizado. Los ladrones le desvalijaron todo lo que tenía encima y escaparon sin dejarle un rasguño. Petit volvió a tocarle con el bastón, y el hombre siguió caminando, sin ni siquiera darse cuenta de lo sucedido. Así le había salvado la vida. (2) p. 34.
Dicen algunos, que hacía brincar al más fuerte y pesado de los hombres que tocara con aquel bastón. Otros cuentan que era suficiente con que lo alzase y señalase con este a una persona, para que esta quedare detenida de pronto, como si fuese parada en seco por una fuerza invisible y superior. (2) p. 34. Otra anécdota cuenta que al regreso de uno de sus viajes, le esperaba en el puerto de La Habana un grupo de hombres de mal talante, descontentos por las reformas que Petit estaba creando dentro de los abakuás. Aquellos morenos, llenos de odios y rencores estaban exaltados y dispuestos a todo. Mas en respuesta al amenazante grupo, el Caballero de Color alzó su báculo desde la baranda del buque, e inmediatamente, como modificados por una presencia poderosa, los complotados se tranquilizaron y poco después abandonaron el lugar. (1) p. 48. También se contaba por aquella época, como solo bastaba que Petit extendiera su bastoncillo y de una manera muy especial, casi en broma, dijese a un ofensor: “Adiós, mi niño”, para que falleciese al siguiente día. Era también con éste bastón como instrumento sacripotenciado, que hacía “retirar las inspiraciones” (hacer cesar el trance), cuando los muertos no querían abandonar sus “caballos” (personas en trance).
Ya más recientemente, conversando sobre estos acontecimientos, en derredor del báculo de Petit, un babalao de muchos años como practicante, dijo al humilde redactor de éste texto, era muy posible que esta pieza estuviese “trabajada” y “cargada”. Es decir, que fuese objeto de rituales mágico-religiosos con alta efectividad y de alguna manera, contuviese en su interior, elementos consagratorios que potenciados de forma conveniente, mediante el ceremonial adecuado, le brindaban al mencionado objeto, estos poderes de los que tanto se habla.
El santo hombre legendario
Aquellos hombres enconados que esperaban a Petit en el puerto, se creían traicionados. No solo le culpaban de entregarle secretos ñáñigos a los blancos, hasta entonces solo reservados a negros y mulatos, sino que también le acusaban de haber consumado este hecho, por la suma de 30 onzas de oro. Pero no tenían razón alguna en acusarle de traidor. Si es cierto que les fuera exigido este aporte a los mákiris (los blancos), también lo es que Andrés Petit no se quedó con una peseta de aquel oro. Con ese dinero, compró la libertad de algunos esclavos de su potencia y también dicen que le sirvió para comprar la libertad a muchos de los abakuás que se oponían al acceso de los blancos a los secretos de Efor. Algunos años después, estos negros enemigos de los blancos, comprenderían la idea. Los mákiris estaban en disposición de entregarse más en función de mejorar la imagen social de su Potencia, con mejor cabeza para los asuntos legales y aventajadas posiciones sociales, llegarían a fortalecer el ñañiguismo. La persecución a los abakuá, tan continua y fuerte en los principios fue cediendo. Hubo dueños de esclavos que se juraban en la hermandad, que evitaron el maltrato a sus ocobios (hermanos) de Potencia, les mejoraron las condiciones de trabajo, de vida, y en no pocos casos les concedían la libertad. El tiempo dio la razón al Caballero de Color (2) p. 53.







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