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Afroargentinos

Es interesante descubrir nuestra América de la forma que es realmente no como la muestra el celuloide y la historia construida por las mentes níveas es nuestra forma de lucha para lograr la plana igualdad de derechos y oportunidades reales no formales
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LA NEGRITUD EN LA LITERATURA ARGENTINA DEL SIGLO XIX
Cecilia Corona Martínez y Andrea Bocco
Escuela de Letras – Facultad de Filosofía y Humanidades – UNC
En el marco de la cultura y la literatura argentinas en el siglo XIX, podemos advertir una tensión entre una sobreexposición y una invisibilización de los afroargentinos; tensión que muchas veces se vuelve en operaciones complementarias: se remarca su existencia para exasperar su alteridad/ajenidad; se lo invisibiliza por lo “intolerable” de su extraña presencia.
Sin embargo, también se pueden observar inversiones de estos sentidos en la tensión mencionada: la exposición sobresaturada de la negritud y su invisibilización producen intersticios que permiten otras lecturas a su presencia/ausencia. A su vez, se abre la posibilidad de tejer, en una versión más coral, la historia de los afroargentinos y sus representaciones en la literatura decimonónica.
Presencia de los negros en la literatura: disputas sobre su representación
Durante la primera mitad del siglo XIX, en el marco de las inestabilidades de distinto orden que se pueden encontrar en el país, la negritud va a ir creciendo en protagonismo en la literatura y alternando los signos de su valoración. De este modo, veremos que frente a alguna que otra mención en la literatura pre-revolucionaria -fundamentalmente en la producción alrededor de las Invasiones Inglesas- y en la de Mayo, la configuración discursiva de la negritud será recurrente durante el período rosista y pregnará de tal modo que, en la segunda mitad del siglo XIX, se volverá una y otra vez sobre las imágenes construidas de las naciones negras partidarias de Rosas. A su vez, las representaciones irán desde “negros” graciosos, lindos, heroicos, patriotas, hasta grotescos, feos, traidores, extranjeros. Este arco no es cronológico, sino que las representaciones opuestas se construyen en simultáneo y despliegan una multiplicidad de discusiones y pugnas de proyectos.
En primera instancia, nos interesa detenernos en el modo en que los afroargentinos circulan por la literatura del período racista. Coincidimos con el planteo de Alejandro Solomianski (2003) en cuanto a que el gobierno de Rosas construye una alianza entre cultura popular, negritud y rosismo. Se produce en esta alianza una fuerte identificación entre sus términos que, en el plano político-social, implica un antirracismo y, en consecuencia, un entramado de poder en el que los sectores populares tienen un espacio inédito hasta el momento.
Obviamente esta peculiaridad será puesta en evidencia de manera coetánea a su existencia y operará como uno de los focos centrales de discusión y de confrontación de proyectos políticos.
Si los textos literarios, hoy centrales en el canon, construyen una trama de espionaje, delación, degeneración, trasgresiones a las barreras raciales y sociales, es para exponer lo que consideran el horror del régimen racista. Pero en el ataque a su principal figura política va por añadidura la reprobación de la “raza” que recibe “toda clase de favores”1. De este modo, es del todo evidente el rosismo con el que son tratados los afroargentinos en obras como El matadero de Esteban Echeverría o Amalia de José Mármol. Ellas reafirman que la base del poder de Rosas está en las clases negras las que, a su vez, tienen una porción de poder en sus manos. Se produce, de esta forma, una serie de identificaciones entre negritud – fealdad – grosería lascivia – impudicia – exceso – omnipresencia – vigilancia – horror – animalización. Los “negros” son el panóptico del régimen y simbolizan todo lo execrable del rosismo (o tal vez por ellos mismos el rosismo sea algo inadmisible e intolerable). Así las cosas, lo que para la literatura antirracista es la condena del gobierno de Rosas, leído desde el discurso de la negritud se trata de una capacidad política de integración étnica. La literatura racista intentará justamente poner esto en evidencia.
Nos interesa destacar dos textos fundamentalmente. Uno es el prospecto que abre el periódico federal La Negrita, editado en Buenos Aires en 1833 y que muchos historiadores adjudican la autoría a Luis Pérez (editor de numerosos periódicos populares entre 1830 y 1835, y partidario de Rosas). El otro es un himno en honor a Manuelita y de autor anónimo.
En La Negrita, Juana Peña es la gacetera ficcionalizada. Se trata de una negra federal que dará batalla en favor de Rosas y su propuesta política, pero también en favor de su etnia, mostrándola útil, honrada, inteligente, alegre y patriota. En este texto, la gacetera apunta todas sus marcas diferenciales (mujer, negra, federal) cargadas eufóricamente y subsumidas en una característica: su patriotismo. También asienta la función de la mujer: ser la voz de la patria que clama la protección de quienes la aman.
Una cuestión importante a destacar es la belleza de la que hace gala: “Negrita que no hago caso/ De cualquier badulaque/ Porque me sobran á mí/ Negritos lindos de fraque./ Y como también presumo/ Con mi hermoso peineton;/ Suelo hacerme de rogar/ Cuando llega la ocasión.”
(La Negrita, N° 1, 21/07/1833). Refuerza aquí la cuestión de la seducción, pero no desde el libertinaje sino desde la coquetería y en esto iguala, bajo la condición de “lo femenino”, más allá del color de piel. Esta autora con su representación contrasta con todos los signos de desagrado, fealdad y degradación física con que aparecen los afroargentinos en, por ejemplo, Amalia: “entró a la alcoba una negrita de dieciocho a veinte años, rotosa y sucia” (Cap. “Doña María Josefa Ezcurra”).
Por otro lado, deconstruye la versión del escandaloso concubinato interracial del rosismo presentada en estos términos por Mármol: “El tono imperativo de esta orden y ese prestigio moral que ejercen siempre las personas de clase sobre la plebe, cualquiera que sea la situación en que estén colocadas, cuando saben sostenerse a la altura de su condición, influyó instantáneamente en el ánimo de los seis personajes que, por una ficción repugnante de los sucesos de la época, osaban creerse, con toda la clase a que pertenecían, que la sociedad había 1 Expresión de Juana Manso en Los misterios del Plata (2005).
2 Ambos textos pueden consultarse en el texto de Luis Soler Cañas.
roto los diques en que se estrella el mar de sus clases oscuras, y amalgamándose la sociedad entera en una sola familia” (Cap. “El ángel o el diablo”). Por su parte, La Negrita enuncia asumiendo que tienen los “negritos” un rol central en la construcción de la patria y se planta en igualdad de condiciones con otras etnias: “La Patria se vé amargada/ De unos pocos aspirantes,/
Que quieren sacrificarla/ Por salir ellos avantes./ Opongamos á su intento/ Nuestros pechos por muralla/ Y reunidos los negritos/ Corramos luego á salvarla”. En la insistencia sobre el patriotismo, se invierte la otra carga que el discurso antirrosista les enrostra: ser extranjeros.
En el “Himno en honor a Manuela”, las mujeres morenas se posicionan como fieles seguidoras de la federación y traman la identificación ideológica y de género. Esto último es muy importante ya que en el contra discurso se trata de menoscabar su condición humana y femenina:
se las animaliza y/o se las masculiniza. Además, resulta muy interesante aquí el modo en que la voz colectiva que enuncia se referencia desde su nación (“Al son del andonve/ las Congas cantamos”) y exponen las marcas de sus diferencias culturales (“Y a nuestra gran Reina/ canción entonemos” … “Si tantas Morenas/ No pueden cantarte,/ Del Congo las ninfas/ Vendrán a elogiarte”). Sin embargo, esa diferencialidad no busca reforzar desigualdad sino, por el contrario, otorgar espesor a la convivencia multiétnica.
Como muy sintéticamente hemos tratado de plantear en esta parte del trabajo, durante el período racista las representaciones de los afroargentinos oscilan entre los polos positivo y negativo. El núcleo principal de este contrapunto se centra en la posibilidad de incorporación de ese grupo étnico a la nación, en el marco de debates socio-políticos atravesados por la tensión rosismo/antirracismo.
Ausencia de los negros en la literatura: cristalización de un estereotipo
La década del 80, impregnada de positivismo y “transformismo”, particularmente en su vertiente spenceriana, se valdrá de los recursos que dicho pensamiento le proporciona para estudiar la conformación social de la nación. En esta empresa, la presencia de los negros en el país se manifiesta más bien como un hecho del pasado, cuyo análisis permite – en el caso de Sarmiento- estudiar la situación actual de toda América del Sur o – para Ramos Mejía- su relevancia en ciertos momentos de la historia argentina.
En Conflicto y armonías de las razas en América (1883), Domingo F. Sarmiento estudia las razones del “atraso” del subcontinente en relación con su similar del norte. La perspectiva adoptada por el autor privilegia la cuestión racial para explicar las diferencias, en una lectura atravesada de principio a fin por la visión spenceriana de las sociedades. En efecto, para el filósofo inglés Herbert Spencer, es posible “agrupar las sociedades en un orden natural” (Principios de Sociología 71); este principio básico guía el trabajo sarmientino, pues en la primera parte de la obra analiza las características de las etnias indígenas predominantes en la República Argentina. En cuanto a los negros, denominados “segunda raza servil” (73), los considera prácticamente extinguidos (a excepción de Brasil) en el momento de la escritura de la obra.
La conformación racial del nuevo continente constituye el pivote sobre el cual se sustenta la argumentación sarmientina: se revisa la historia desde la confrontación o “armonización” de razas. El origen de la presencia negra en América (hombres que eran “cazados” en África para ser vendidos, 68) es considerado un error (“filantropía exagerada”, “mal consejo”). Su “mezcla” con españoles puros y raza indígena no formó “un todo homogéneo” (70).
El último apartado del capítulo I se titula “Raza negra”, en él se asevera taxativamente “la independencia de la raza blanca eliminó la raza negra en toda la extensión del continente, mientras solo queda libre en los Estados Unidos (…) en la Habana queda esclava (…) y esclavos quedan en el Brasil” (73). Por tal razón, en Buenos Aires “en veinte años más, será preciso ir al Brasil para verlos en toda la pureza de su raza” (74).
Sarmiento realiza un recorrido histórico desde la época colonial, cuando el número de negros era importante. Los valora positivamente en cuanto a su desempeño como trabajadores manuales y como soldados de los ejércitos revolucionarios. Pero, al explicar su organización socio-política en el periodo de Rosas, destaca que fueron “el terror de Buenos Aires”. Al llegar a la contemporaneidad, el autor considera que: “Quedan pocos jóvenes de color, los cuales ocupan el servicio como cocheros de tono, como porteros de las oficinas públicas y otros empleos lucrativos; pero como raza, como elemento social, no son ya sino un accidente pasajero, habiendo desaparecido del todo en las provincias, y no habiendo podido establecerse fuera de la ciudad” (77).
Este escritor de la generación el 37, antirracista siempre, en su última obra reafirma no solo la visión -que ya había desplegado en el propio Facundo- sobre los afroargentinos sino que, a partir de herramientas presuntamente científicas, “valida” todo el rosismo que el discurso antirracista sostuvo en el fragor de la lucha política.
Hemos considerado también dos textos de Ramos Mejía, producidos en años posteriores a Conflictos, aunque igualmente acreedores de la filosofía positiva: Las multitudes argentinas (1899) y Rosas y su tiempo (1907). El primero de ellos escrito –según el autor- como introducción al segundo. En este último la presencia de los negros adquiere gran importancia, siempre en relación con la personalidad y el gobierno de Rosas; en tanto no hay ninguna alusión a la raza en Las multitudes. Sin embargo, el concepto de “multitud” constituye el marco en el cual se inscribe la totalidad del análisis del importante apoyo popular al gobierno de Rosas La presentación de los negros parece seguir el orden desarrollado por Sarmiento en el texto que acabamos de analizar: en primer término, rescata las actividades más o menos “como raza, como elemento social, no soy ya sino un accidente pasajero, habiendo desaparecido del todo en las provincias…”(77) productivas de los hombres de color. Detalla los oficios en los que descollaban, entre ellos particularmente la música (185). Esta última actividad, además de otras relacionadas con las domésticas, les permitió introducirse en la intimidad de las familias unitarias y ejercer una de las grandes funciones que los habrían caracterizado durante el gobierno racista: la delación. Esto traba una relación de continuidad entre el discurso antirracista de la primera mitad del XIX y el producido por la generación del ’80.
Se reitera la puesta en evidencia de la adhesión de hombres y mujeres negros a la figura del Restaurador. De los primeros, destaca Ramos Mejía su participación en los ejércitos de la Federación que, sin embargo, estaba sometida a una serie de restricciones que tenían en cuenta principalmente el cuerpo del soldado: “Los hombres de color destinados al ejército de línea eran elegidos con cierto método que obedecía a reglas de morfología y resistencia. El tipo aceptado debía ser hermoso, de talla elevada y de una nutrición general lo más perfecta posible.” (556)
Destaca el autor que, a pesar de haber reconocido su actuación militar, nunca pudieron ascender más allá de la línea invisible marcada por el caudillo.
La adhesión de las mujeres también es analizada de manera particular, donde se entremezclan ideas y expresiones de origen médico-biológico con otras reminiscencias de carácter simbólico. En primer término, se trata de una atracción que las emparienta con los animales: “Las mujeres de la plebe amaban a Rosas en una forma más animal y calurosa (…) La negra, por su temperamento y su inferioridad mental, se acercaba más al insecto en esos amores colectivos y sui generis.” (445).
Por otro lado, se presenta a Rosas presidiendo las fiestas de los Tambores, en una suerte de Sabbath grotesco, o de bacanal “aquello era algo así como las nupcias del amo con la plebe, con una plebe cuyas entrañas vírgenes exhalaban olor caliente de fecundación. Parecían tener adentro al sátiro agreste…” (447) “Es un tango infernal y peculiar de ellos el que se baila (…) y es realmente diabólico” (448).
La multitud actúa al unísono como una hembra conmovida ante la presencia del macho – conducta análoga a la relación entre la prostituta y su rufián, descrita en Las multitudes…5- y el afán cientificista del autor no vacila en homologar este fenómeno con el producido en ciertas especies animales, “de tal modo están destinadas al amor y tan perentoriamente, que ni tienen boca”(447).
Los negros encarnan (en la plenitud del significado de la palabra) la voluntad del “meneur”: “parecían expresar en la desvergüenza de su temperamento el sentimiento y la soberbia con que la tiranía se ejercería sobre las altas clases” (208).
No es sorprendente esta influencia del sanjuanino, de quien Ramos Mejía se había declarado admirador desde su primer libro, Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina. Allí leemos sobre Sarmiento que su “contextura cerebral no tiene rival en ambas Américas” (1915:330).
“Aquella prostituta había encontrado por fin el bello souteneur, que iba a robarle el fruto de su trabajo, sangrar sus carnes entre las protestas de extraño amor y las exigencias de sus adhesiones incondicionales.” (1977:195)
Ramos Mejía describe de esta manera la presencia de los negros en el pasado argentino. Desde un presente en el que ya ni siquiera son mencionados, puesto que las multitudes modernas son otras (fundamentalmente integradas por inmigrantes y sus hijos), la “plebe Rosina” constituida sobre todo por la gente de color, forma parte de un pasado que, si bien debe ser estudiado, ha sido ya superado por quienes “no somos multitud” (1977:178).
Los textos hasta aquí revisados responden a la aseveración de Alejandro Solomianski, para quien “los grandes relatos fundacionales de la nacionalidad argentina (‘blanca’) se delineaban recortándose contra, o en contrapunto con masas e individualidades ‘negras’ (18).
Así como para Sarmiento, en el momento de la escritura de su libro, los negros han desaparecido de la sociedad argentina, Ramos Mejía parece adherir a esta afirmación en tanto no los considera en su descripción de las multitudes modernas. Este fenómeno de invisibilización de la negritud marca una tendencia que tendría su máxima expresión en la historia argentina del Siglo XX: la desaparición de personas. “No están, no existen”, que implica negar tanto su existencia previa como sus posibles herencias.
Conclusión
Hemos intentado poner en evidencia el modo en que los afroargentinos han sido construidos en la literatura decimonónica. En este sentido, mientras en la primera mitad del XIX se percibe una fuerte disputa en torno a su valoración y su presencia activa en la formación de la nación; en las últimas décadas de ese siglo, la literatura –desde un proyecto político hegemónico- trae a los negros a la memoria para ubicarlos en el marco de la historia pasada, elidirlos de la actualidad y cristalizar –con argumentos pseudocientíficos- su inferioridad. Esta postura constituiría la justificación de su pretendida desaparición y del rosismo implícito en esta operación discursiva.
A pesar de la negación sistemática de la negritud en la Argentina, en los últimos años y desde diversas áreas- se ha avanzado en estudios que dan cuenta de su presencia activa y “real” en la configuración de nuestra cultura. En ese sentido, este trabajo abordó un corpus de literatura argentina decimonónica que expone las tensiones sobre los modos de representar a los negros y delinea proyectos políticos de integración u obturación de la negritud en la conformación de la nación.
De este modo, más allá de la autorrepresentación de la Argentina como país blanco “europeo”, desde las problemáticas de la negritud es posible el diálogo con otras latitudes y cartografías literarias latinoamericanas.

NEGRITUD EN ARGENTINA

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