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TOMADO DE : LA “NUEVA AURORA” ES UN SUEÑO ETERNO…
Breve historia de la negritud en Argentina
Después de que su flamante ejército nacional participara activamente en uno de los más grandes genocidios de la historia universal, contra el Paraguay; y de que los efectivos que lo ejecutaron retornaron a su ciudad natal trayendo consigo un peculiar microorganismo guaraní conocido como fiebre amarilla, los argentinos (debería decir los porteños, pero en verdad sería lo mismo) se encontraron con que su otrora numerosa población de piel negra había sucumbido casi por completo, víctima de las calamidades mencionadas. Los criollos, tanto los prósperos como los empobrecidos (estos últimos sobre todo) descubrieron que ya no tendrían ningún grupo social marginado fácilmente reconocible sobre el cual descargar, a modo de burlas y humillaciones, la propia frustración e insatisfacción.
Entonces, los porteños se vieron ante la imperiosa necesidad de, a falta de los legítimos, inventar sus propios negros. Primero intentaron hacerlo con los inmigrantes que llegaban desde la Europa Meridional y Oriental, atraídos por una favorable coyuntura que demostraría ser bastante inestable. Pero a pesar de los no pocos esfuerzos de los nativos, resultaba aún bastante absurdo para la mentalidad de la época ennegrecer a los italianos de romano porte o a los rubios eslavos, por más analfabetos e indeseados que fueran todos ellos (¡cuan lejos estaban de los sajones con los que soñaba Sarmiento!). Esta increíble masa de extranjeros fue asimilada en apenas una generación, por obra de la benemérita ley 1420, mientras los criollos transmitían a los nuevos argentinos su particular concepción de la sociedad.
La oportunidad de encontrar al blanco de todas las furias, se presentó por fin unos sesenta años después, cuando la mencionada coyuntura económica había virado por enésima vez, obligando al país a industrializarse a las apuradas. Cultivar el suelo ya no era servir a la patria, así que los pobres campesinos del interior del país no tuvieron más alternativas que trasladarse a la ciudad, donde crecía una incipiente industria y prosperaba una nueva clase media, compuesta en su mayoría por la segunda o tercera generación de aquellos nuevos argentinos. Estas clases medias vieron en la llegada de estos campesinos convertidos en obreros, de sospechosa piel aceitunada (¿producto de un antiguo mestizaje?), una magnífica ocasión para dar descargar sobre ellos sus contenidos impulsos racistas. No debían a decir verdad, coexistir demasiado tiempo con estos a quienes rápidamente apodaron negros o cabecitas negras, ya que estos dividían su vida entre unos miserables asentamientos eufemísitcamente llamados villas de emergencia y las fábricas donde trabajaban en condiciones imagino no muy agradables. Cuando se atrevían a aparecer por la ciudad propiamente dicha (“el centro”), recibían el odio, silencioso o no, de los escandalizados porteños, como tan bien lo muestra Cortázar en Las puertas del cielo, cuando uno de los personajes del cuento describe a los monstruos que frecuentaban las milongas.
Cuando pocos años más tarde las políticas de un demagogo militar favorecieron a muchos de estos obreros que, ya más prósperos, pudieron mudarse a barrios de clase media (para horror de sus vecinos), el odio recrudeció, alimentado ahora por los rencores que generaba una forzosa convivencia con el enemigo y dando lugar , entre otras, a ridículas historias sobre parques destrozados para hacer asados, con las que hasta hoy nos atormentan nuestros abuelos.
El negro era más odiado porque ahora se lo veía compartiendo el barrio, el transporte público, las vacaciones y las diversiones con las clases medias. Poco y nada le importaba su presencia al aristócrata vivía en mansiones alejadas. Pero el ciudadano medio lo veía como un invasor, un intruso que venía a quitarle su tranquilidad y quienes más tiempo compartían con él eran los que más lo odiaba.
No tardó demasiado en caer el gobierno populista, pero la semilla de la discordia ya estaba sembrada, para siempre. El negro no desapareció, más bien aumentó su población a la par del crecimiento de las ya definitivamente establecidas villas de emergencia. El adjetivo que los calificaba pasó a convertirse, entre ciertos sectores, en un insulto, pero que presentaba una extraña particularidad. El concepto de Negro se había vuelto demasiado abstracto (porque no dependía necesariamente del poseer una piel oscura) y para colmo tremendamente subjetivo (¿quien podía dar una definición abarcativa y objetiva del término?). Entonces, ya no importaba si se lo dirigía a un rubicundo muchacho de indudable origen hesita o a una matriarca aymara: en todas las ocasiones era válido y a todos se le podía aplicar. Muchos encontraron en él la posibilidad de convertirse en victimarios para no ser víctimas…
Toda esta larga historia aconteció para llegar a esto.
Esto viene de hace mil años atrás, nunca va a cambiar.
Me hizo recordar la etapa triste del genocidio en Chile, con un viejito llamado Pinochet.
Salu2.
Mmmmm si. Creo que enfatizás o exagerás demasiado el hecho de que los porteños le quieran llamar negro a alguien por un deseo de descargar un racismo contenido.
Si bien en parte esto es cierto, los porteños no son seres alienígenas, son humanos como en todos lados, y de esta manera podríamos trasladar el ejemplo a otros países y deberíamos encontrar lo mismo, pero esto no sucede (como en muchas países latinoamericanos por ejemplo).
Lo que sí pasa en practicamente TODOS lados es una discriminación despectiva muy parecida, pero no es racial, es de clase y estilo de vida, manera de pensar, de ver las cosas, etc, mas ligada al individuo pobre. Bah, muy pobre. Porque aún en los países con mayor población “aria” hay pobres racistas, pero nunca “negros” en el sentido que se le quiere dar aca. Lo que quiero decir es que son pueblos con una idiosincracia mas homogénea.
Resumiendo, calculo que estamos de acuerdo, pero yo no lo atribuiría tanto a racismo puro sino a lo que mencioné anteriormente.
Esto esta claro se nota mucho acá porque somos lejos el país mas europeo de latinoamérica, el más genocida al mismo tiempo se podría decir. Porque aún en países mega-genocidas como Mexico (donde mataron tantos pueblos enteros) quedaron poblaciones indígenas, y por eso hoy en día la mayor parte de su población esta compuesta por sus descendientes. Pero aca a los “indios” se los echó por completo, incluso a los negros africanos se los mandó al Uruguay y sur de Brasil, constituyéndose Argentina de esta manera en un anexo europeo en sudamérica. y todos sabemos que la idiosincrasia europea y la toba no son muy parecidas que digamos, y de esa diferencia nace todo esto que estamos discutiendo.
Digo, de pronto, me parece.
Post data: Chandler Santiaguino, creo que lo que vos mencionas tiene muy poco que ver con lo que dice el post.
Perdon, ultima post data….
Es interesante destacar que en mi blog me dijiste “negro de mierda”
Todos lo usamos, con distintos tonos e intenciones, pero buen.
Estoy de acuerdo con que el racismo sea en verdad una especie de odio de clases (¿o debería decir de status?) encubierto, pero creo que en el caso de va mucho más allá, porque al menos a mi entender, muchos (¿la mayoría?) de los que “practican” ese odio, serían perfectamente susceptibles de recibirlo. Como creo que dice la nota que adjunté, la posible victima se transforma en victimario. De todos modos, me parece que estamos bastante de acuerdo.







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