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NEGRITUD EN CHILE

ruta del esclavo Argentina

Negritud en Chile colonial: Chile, siglo XVIII.

I

Ipolito Úbeda es un mulato esclavo de Don Salvador Avendaño, quien le solicitó a éste “papel de venta para solicitar otro (amo) que le sea menos cruel”. Por su parte, Don Salvador Avendaño afirma que “al amo no se le puede obligar a vender a su esclavo”, resistiéndose con esto a la potencial venta de este mulato hacia el señor Diego Velásquez. En cierto modo Salvador Avendaño tiene la razón, siendo él dueño de un objeto u cosa que le pertenece no pueden por qué obligarle a vender si fue adquirido de buena ley; el problema radica en que al parecer el amo del mulato “consistió en su venta hasta haberle llegado a dar el papel de venta y mi parte (Diego Velázquez) haber aceptado”. Cómo podemos ver hasta aquí, hay una tensión entre crueldad y dominio: por una parte está nuestro mulato Ipolito quien deseando no ser objeto de crueldades mayores por parte de Don Salvador Avendaño, desea ser vendido a otra persona que lo trate de mejor forma. Por el otro lado tenemos al mismo Avendaño quien lucha con Velázquez por el dominio de este mulato esclavo. No nos puede pasar desapercibido que Ipolito sea tomado como un objeto de intercambio, tanto como si fuera un producto cualquiera de los que se extraían en la época, discutiendo solamente su precio y las condiciones en que debía realizarse la transacción. Su ser ha sido absolutamente caducado por intereses ajenos a los de su propia voluntad y el mismo lo ha asumido así al pedir solemnemente que sea movido de un dueño a otro.

Otro aspecto notable en este conato es el de la humanización del esclavo: concretamente Hipólito desea un cambio de amo por la crueldad que tenía el primero en su trato con el mulato, por lo que “ruega y suplica” que sea transferido a Velásquez. Como contraargumento Avendaño asegura que “como no me podía hacer de otro esclavo había de cuidar (a Ipolito) tratándolo con suavidad”. Pero ¿realmente podemos dar fe de las palabras de Don Salvador Avendaño? ¿Era realmente suavidad la base del trato entre un amo y un esclavo durante la época colonial? Suavidad nos hace más sentido en una relación entre persona y persona, y como veremos dentro de este informe, la situación jurídica y social del esclavo negro o afrodescendiente distaba mucho de ser considerado como persona, aunque podían existir ciertos casos que fueran una excepción a la regla. Al contrario, el esclavo estaba sumido a una especie de cosificación de su existencia, pareciéndose a cualquier otro instrumento de producción de la época, y su tráfico a lo largo de toda América y Europa daban cuenta de esta situación. Es en este sentido que la cosificación del esclavo debe ser el punto de partida del análisis que se realice sobre esta realidad para situarlo en su contexto y proyectar sus cambios o continuidades con el mundo actual.

De las muchas aseveraciones que propone la RAE para definir la palabra cosa, la quinta nos hace mucho sentido con la realidad en la colonia: “En contraposición a persona o sujeto, el objeto de las relaciones jurídicas. En el régimen de esclavitud el esclavo era una cosa”. Claramente se puede apreciar en la sociedad colonial dos grupos sociales colocados en estamentos jerárquicos que sí tenían un reconocimiento jurídico y si eran por sobretodo personas: los españoles o peninsulares y los indígenas americanos, estamentos que posteriormente se fueron cruzando hasta dar con una gran amalgama de grupos sociales en la época. Por debajo de ellos, sin un reconocimiento jurídico, ni mucho menos religioso, estaban los negros, arrancados desde su misma África natal para ser incorporados a un régimen de producción que extremaba sus condiciones físicas. Pero su cosificación no nace ahí sino que mucho antes en lo que hoy podríamos llamar la europea medieval.

Como afirma la historiadora Emma de Ramón “la investidura de estas personas como esclavas (…) obedece a razones prácticas y simbólicas que sustentaron ideológicamente la institución esclavista durante muchos siglos”. Las razones prácticas resultan claras, pero las simbólicas son de mayor misterio para la mayoría: estas consistieron en una “asociación del color negro con la oscuridad y el mal, en contraposición con el blanco asociado a la luz y a la bondad”. Por lo tanto y como se puede entender, el hombre europeo católico tiene la atribución suficiente para no considerar la existencia del negro y utilizarla con fines prácticos a su medida. Y, al menos en el caso del hombre blanco católico español, realizó esta cosificación de manera cabal durante el periodo colonial, introduciendo, según cifras del historiador Rolando Mellafe, cerca de tres millones de negros en toda Hispanoamérica, por lo que también se cuenta España como lugar en donde llegaron negros. La cosificación del negro por tanto tiene un origen eclesiástico y una masividad importante.

Sin embargo, debemos puntualizar este tema para no entrar en errores. El mercado de negros no fue obra exclusiva de los españoles, pudiendo afirmar incluso que su relevancia en la importación de estos fue nula al menos en el siglo XVIII. Este mercado estuvo marcado por los mismo vaivenes político-económicos que caracterizaron a este siglo, pudiendo ver por ejemplo que en la primera mitad del siglo fueron los franceses quienes además de comercializar, licita e ilícitamente, productos europeos con las colonias americanas, trajeron además negros para su posterior venta. Pero como Francia “fracasó en lo político y en su intento de monopolizar la trata negrera”, la otra potencia europea que era Inglaterra, posteriormente al Tratado de Utrech, se hizo con el dominio del mercado de negros con Hispanoamérica.

A pesar de que en Chile los negros aparecen desde los inicios de la conquista, siendo uno de ellos el conocido Juan Valiente quien acompaño a Pedro de Valdivia en su expedición, la historiografía nacional del siglo XIX e inicios del XX parece haberlos cosificado de la misma manera que los españoles en su época. Tanto Diego Barros Arana como Franciscos A. Encina “se cuestionaba(n) la relevancia de la esclavitud en Chile, planteando que muchos de los esclavos que figuraban en los censos y otros documentos de la época estaban más bien de paso en el Reino de Chile, o se ubicaban en territorios que no conformaban parte de la nación actual”.[ Representaciones como éstas han hecho que el papel de los negros en la economía colonial sean vistos con demasiada ligereza en el currículum nacional, invisivilizando la importancia radical que tuvieron en la salvación de la economía precaria de mano de obra y ,por sobretodo, aspectos tan históricamente sabrosos como lo que le ocurre a Ipolito Úbeda en su drama personal.

Como se habrá de recordar, Don Salvador Avendaño no deseaba vender a su esclavocontraargumentando sentimientos de por medio para impedir la venta antes pactada. También pusimos en duda este trato suave de Avendaño para Ipolito, ya que como hemos de comprobar en este mismo litigio, el amo en cuestión no veía a Ipolito como un par, un símil, o simplemente como una persona sino que más bien lo entendía como el instrumento de producción que siempre fue.

En la misma respuesta en donde expone que nadie puede obligarle a él a vender a su esclavo, afirma que “puedo libremente usar de el” ya que “en las circunstancias de ser este induscriado en todo labor de campo que es en lo que yo me sirvo, no habiendo más motivo para darle el papel que procurase sosegarle (…).” No desea por tanto desprenderse de quien tanto le sirve en su actividad agrícola y retiene su venta por medios no muy pulcros. Por una parte aduce sentimientos, por otra infla su precio a un monto considerable, desmiente las injurias con respecto al alimento y a la enfermedad del mulato y, por último, se aleja del conflicto yéndose hacia Chacabuco.

No puede parecer raro por tanto que no siga alegando con los sentimientos que había dicho en su alocución, o que al menos no fuera más enfático en ellos, ya que su foco de preocupación no estaba allí sino en la perdida de un instrumentode producción agrícola. Y no tan sólo fue Avendaño quien mantuvo esta posición, sino que también lo hizo Diego Velázquez, quien insistió una y otra vez por un precio justo intentando ratificar la ley mediante la tasación por parte del Alarife de la ciudad en situación como ésta.

Nos hace mucho sentido lo que expresa Emma de Ramón en torno a lo que ocurría con los esclavos al momento de obtener su libertad por medio de un pago: “en los casos que concurría el pago de su propio valor por parte del esclavo, muchas veces también se tejía alguna querella, habitualmente por el avalúo excesivo del esclavo quien recurría a la justicia para que se estableciera su propio justo precio o para que exigieran a su amo aceptar la compra.”

Se ha hecho un pequeño resumen del origen de la esclavitud en América, de la situación del negro y afrodescendientes y la cosificación que existe de ellos en la sociedad colonial de Chile y América en el siglo XVIII. Nos queda un último punto para finalizar antes de concluir nuestro trabajo y es la condición del liberto.

Hemos de confirmar que la cosificación de Ipolito no se eliminaría del paso de un amo a otro o de una ilusoria liberación futura, sino que se mantendría en la medida que se mantenga su color de piel. Lo que para de Ramón es discriminación, para nosotros es una cosificación, ya que como vimos con el caso de Ipolito no existe una disminución de sus facultades políticas, jurídicas o de cualquier otro orden sino que simplemente no se hallaban estasfacultades, porque en tanto persona, Ipolito no existía. Solamente se hacía notar mientras lograba producir, rápida o lentamente, el producto que su amo le exigía y no en un litigio como el que hemos presentado, ya queeste es sólo el efecto del capricho de un amo.

Así lo ve Mellafe al afirmar que “el pase de la línea de color se producía, pues, como fenómeno normal al ir perdiendo el esclavo los caracteres negroides por cruces sucesivos (…)” ya que “la preferencia general era de ser considerado euromestizo para acercarse al estatus social del blanco”. Por lo tanto, podemos aseverar que la condición de negritud aseguraba el no-ser de una persona, obliterando toda capacidad de definir su propio destino y de ponderar aspectos de su propia vida. El negro o afrodescendiente es un instrumento de producción económica, no un ser humano sino una cosa, y en tanto cosa, su existencia es absolutamente manipulable entre quienes si tenían existencia, si tenían ser, y, por supuesto, si tenían alma.

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