En la Tierra* no había más que un solo hombre y junto al mar se elevaba la loma Cheché-Kalunga. Kalunga se llamaba el mar. El hombre se llamaba Yácara. La Tierra se llamaba Ntoto. Cuando salía el Sol, Cheché-Kalunga veía el hombre abajo, escarbando afanosamente con sus manos en la Tierra. Un día Cheché-Kalunga-Loma Grande le habló a Ntoto:
-¿Quién es ese que veo a mis plantas, que te hiere, te revuelve, devora tus hijos y luego canta?
-Es Yácara, el enviado de Zambia.
Entonces habló el Mar:
-¡Que no te engañe. Yácara; nunca podrá más que yo, ni puede más que tú!
Y el hombre oyó lo que hablaron el Mar, la Montaña y el Llano. Se acercó al Mar y le dijo:
-Soy el enviado de Nzambia.
El Mar le respondió furioso:
-No reconozco a ningún señor.
Y le escupió el rostro. Cuando el hombre, como era su costumbre, quiso continuar abriendo agujeros y hurgando en el suelo, la Tierra le preguntó:
-¿Por qué tomas lo que es mío?
-Soy el enviado de Nzambia.- Volvió a repetir el Hombre. Pero esta vez la Tierra se endureció y se cerró y no pudo obtener nada de ella.
Entonces Yácara se volvió a Cheché-Kalunga y le pidió permiso para escalar su cima y hablarle a Nzambia. Cheché-Kalunga le dijo:
-Sube.
Y Yácara llamó a Nzambia y hablaron:
-La Tierra no quiere darme nada de lo que tiene.
-Allá ella –contestó Nzambia- arreglen ese asunto entre los dos.
El hombre bajó y dijo a la Tierra:
-Nzambia dice que nos pongamos de acuerdo.
Le pidió qué le proporcionara cuanto necesitaba para vivir y la Tierra respondió:
-Bien; te daré a comer mis hijos. Ellos te alimentarán a ti y a toda tu descendencia. Veamos qué me ofreces a cambio.
-No sé –dijo Yácara-. No poseo nada. ¿Qué quieres?
-Te quiero a ti. – Yácara aceptó obligado por el hambre que empezaba a torturarlo.
-Así será –dijo-. Mas con una condición. Me sustentarás con tus hijos día a día, y yo al fin, te pagaré con mi cuerpo, que devorarás cuando Nzambia, nuestro padre, te autorice y sea él quien me entregue a ti al tiempo que juzgue conveniente.
Llamaron a Nzambia que halló justo el arreglo, y quedó cerrado el trato entre el Hombre y la Tierra. Más tarde el Hombre se entendió con el Fuego; hizo trato con los Espíritus, con las bestias, con la Montaña y el Río; pero jamás pudo pactar nada seguro con el Mar ni con el Viento





Comentarios recientes