
Cuando los seres humanos comenzaron a morirse, aterrados enviaron a Nsambi una súplica con su mensajero Búa, el perro. “No queremos perecer”, le decían. Pero el Ser Supremo contestó, inexorable: “Se nació para morir.”
Ante la insistencia de Buá, Nsambia hizo una concesión: “Regresa y diles a los hombres que de todos modos tienen que morir, pero que me pidan una gracia que les haga la muerte más aceptable. Me traes la respuesta mañana al primer rayo de sol. Si Ilegas un segundo más tarde no les doy absolutamente nada…”
Después de pensarlo mucho, el hombre encuentra una solución a su grave problema: “Está bien, moriremos. Pero déjanos resucitar.”
Y envían ese mensaje con Búa al Señor de los Señores. Sucedió, sin embargo, que Búa tenía un enemigo: el Alacrán, la envidia, que se moría de roña porque no lo habían hecho mensajero. Aliado con el gusano, que necesitaba muertos para vivir, elaboraron una treta: colocaron a lo largo del camino varios huesos de buey.
Búa parte con la rapidez de la centella. Se siente tentado por los primeros huesos que encuentra en el camino, pero ansioso de cumplir con su misión, sigue corriendo a toda velocidad. Los gallos lo estimulan con sus cantos mientras atraviesa las constelaciones. Los huesos siguen apareciendo. La tentación vence. Búa se detiene a roer. La lechuza le grita: “¡Déjalo! ¡Sigue!” Todo es inútil. Búa roe un hueso y luego otro y otro.
Al reanudar, por fin, su carrera era demasiado tarde. Había salido el sol cuando llegó, jadeante, ante los pies de Nsambi. “¡Resucítalos, Señor!”
Pero el Dios Nsambi no lo quiso, inflexible. Y quien se muere en la tierra, se muere para siempre.
Sin resurrección.
Sin rejuvenecimiento.
Por la envidia del Alacrán.
Por la avaricia del Gusano.
Por la desobediencia del Perro.
Saludos y que Nsambi los akutare…





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